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Promesas

Yo sería un buen político. De los buenos, buenos. De los que consiguen mayoría absoluta con facilidad. Y todo porque poseo la facultad de perder mi credibilidad enseguida. No me cuesta demasiado. Hago promesas y nunca las cumplo. Sobre todo con las mujeres. Pero no es por maldad ni nada de eso, es porque soy un despistado, y nunca me acuerdo de lo que prometo. Aunque prometa la luna. De eso también me olvido. De hecho las primeras cosas que olvido son las promesas importantes, o las que me suponen un gran esfuerzo (o un alto nivel de compromiso). Debo reconocer que a veces me olvido queriendo, o simulo que me he olvidado aunque lo recuerdo perfectamente.

¿Y la solución para que no se enfaden conmigo? Muy fácil. Tengo practicada una carita de pena que me sale fenomenal, con una voz dulce y sosegada que acompaña muy bien.

Fruto de muchas horas delante del espejo. Y muchas horas delante de una grabadora.

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Historia real (muy real)

Sucedió esta mañana:

- "¡Me he dejado la cartera dentro!"

Tocándose los bolsillos...

- "¡Coño! ¡Qué también me he dejado las llaves!"

En fin, es lo que tiene tener amigos tontos...

Tonto? Yo?

Tonto? Yo?

Antes de seguir leyendo este post recomiendo leer este otro, ya que facilitará el entendimiento del resto del relato. Ni que decir tiene que es imprescindible, ya que si no fuera así, no lo recomendaría.

¿Ya lo habéis leído? Pues bien, espero que os haya gustado.

Siguiendo con el post y cambiando de tema, lo que realmente quería contar era una historía mía, original, no de ninguno de mis amigos. Esto me ocurrió a mí. Esta mañana. Y es que soy yo un hombre de impulsos, de curiosas ocurrencias, y de extrema valentía para llevarlas a cabo.

Me disponía a entrar en la ducha cuando me dí cuenta que aún llevaba los calcetines puestos (soy muy despistado). Entonces, en vez de quitármelos como hace todo el mundo, estuve varios minutos dando forma a una nueva idea de quitarse los calcetines. Y se me ocurrió. Quería intentar quitarme ambos calcetines de una vez, al mismo tiempo, dando un salto. Y procedí a ello. Me puse en cuclillas, agarré la parte de arriba de cada calcetín con cada una de las manos, salté y tiré al mismo tiempo lo más rápido que pude para poder volver a caer de pie. Pero no fue así. No me dió tiempo, los pies se me fueron para adelante y las manos se me quedaron enganchadas en los calcetines. Todo esto en cuestión de centésimas de segundo. Y claro, caí de culo. Un sonoro golpe de mis posaderas contra el frío suelo del cuarto de baño. Por tonto, que me lo tengo merecido. Pero seguiré practicando.

Lo de antes era broma, sí que era imprescindible leer este post, el del cabezón. Y todo para que se viera que es verdad, que tengo una cabeza muy grande. Lo cual fomentaba las burlas de mis compañeros de colegio. Soy tan cabezón que mi cabeza ni siquiera cabe en las fotos, tal y como se puede observar. Y es una pena, porque nunca pude tener fotos familiares. Ni de mi nacimiento, ni de mi Primera Comunión (no, no iba vestido de marinerito), ni de ningún cumpleaños, ni nada de nada.

También es verdad que me apetecía poner mi foto (sabiendo que acarreará como consecuencia la pérdida de lectores). Y esto es todo. Bueno, todo no. Estoy pensando en registrar un dominio y contratar alojamiento... Memeces.com?

Nota del autor y exención de responsabilidad respecto al conocido como "Incidente del calcetín": No haga esto en su casa. Tampoco lo haga sin control paternal. Estas pruebas han sido realizadas en circuito cerrado y con supervisión de especialistas. Memeces S.A. no se hace responsable de posibles daños sufridos al llevar a cabo este experimento.

Mendigos

Hoy pensaba hablar sobre un amigo que cuando llega la temporada de invierno se deja de duchar. Y no es porque sea un guarro. Se justifica afirmando que las pelusillas abrigan mucho cuando hace frío. Ya lo dice el refrán: "Ande yo caliente, y ríase la gente". Y no, no soy yo.

Pero al final he optado por hablar sobre mendigos. La razón es que últimamente he visto por la calle algunos carteles muy originales que utilizan para pedir.

"Busco novia millonaria, con la mala leche que tengo seremos muy felices. Un besazo, cariño."

"Soy maricón. ¿Y qué?"

Les debería haber sacado fotos. Empezaré a salir a la calle armado de la cámara para obtener pruebas. Pero lo mejor me pasó el otro día, que había una mujer que tenía un cartel que decía: "Soy ciega". Pasé por delante suyo y me dijo: "Dame algo, guapo." Lo primero que pensé es que estaba engañando a la gente con el cartel, porque me había visto. Pero no, si me hubiera visto de verdad no me habría llamado guapo. Es más, si hubiera visto lo feo que soy ni me habría llamado.

Es lo que tiene ser feo, que sospechas de todo el mundo.

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Coleccionables

Tengo una amiga, de la que ya he hablado algunas veces, que es además compradora compulsiva de coleccionables. Yo creía que esa especie ya estaba extinta, pero resulta que no. Que aún hay gente que compra coleccionables. Y así están las cosas.

Pero el tema es que a ella no le gusta el contenido del coleccionable, le da igual de qué sea. Lo que le gusta es el cartón. Compra desde colecciones de trilobites (que ella además se cree que son de verdad… “si son de Ediciones del Prado tienen que ser de verdad”) hasta colecciones de películas en DVD sobre confección de trajes de primera comunión. En los kioscos y papelerías siempre te ofrecen tirar el cartón y que te lleves sólo el contenido. “¿Quiere que tiremos el cartón?”. A lo cual ella siempre responde airadamente “¡Ni se le ocurra! Si quiere quédese con el trilobite, pero yo me quedo con el cartón”.

Lo último que he sabido de ella es que está forrando las paredes de su cuarto con cartones de coleccionables…

La importancia del peinado

Todos tenemos amigos feos. Pero yo tengo un amigo que es el más feo del mundo. Más feo que un pez. Más feo que mandar a la abuela a comprar droga. Incluso más feo que yo, que ya es decir. Y esa carencia de belleza se ve acentuada por un mal peinado. Muy hortera. Y no porque mi amigo tenga mal gusto. La razón es porque siempre va a la misma peluquería, a la misma peluquera, que le hace el mismo desastre en la cabeza. Y la pobre chica no debe andar muy bien de pulso. Pero claro, tiene unas tetas enormes. Y eso engancha. Es un cebo que mi amigo ha picado.

Él va tan feliz a cortarse el pelo. Se sienta en una silla acolchada, se recuesta levemente y se queda con la mirada fija en el espejo a la espera de ver a sus dos fieles compañeras llegar. Total, no me entretengo más. Lo que pasa a partir de ese momento es que la peluquera coge sus tijeras, cortecito por aquí, cortecito por allá, frote de tetas por aquí, frote de tetas por allá. Y en dos minutos termina con él y le cobra.

Y así sale mi amigo de la peluquería. Caliente, muy caliente. Más feo todavía. Y con ocho euros menos.

Mis primeros pasos en el tortuoso mundo del amor

Recuerdo perfectamente la primera vez que le pedí salir a una chica. Sería con unos 14 o 15 años. En el cine. Estábamos con muchos más amigos, pero ella se sentó a mi lado, en una de las últimas filas de la sala. Se lo dije justo al terminar la película, cuando la sala aún seguía en penumbra. Le susurré dulcemente al oído: "¿Quieres salir conmigo?". Nunca olvidaré su reacción y su forma de mirarme. Se volvió, fijó su mirada sobre mis ojos y me dijo con su maravillosa voz: "Claro que sí, podemos salir por esa puerta en la que pone EXIT". Objetivo cumplido. Conseguí salir con ella. Fueron los minutos más felices de mi vida.

Algo parecido me pasó la primera vez que intenté mantener relaciones sexuales con una chica. Llevábamos un mes saliendo, más o menos, y me invitó a comer a su casa. Yo cociné para ella (siempre se me ha dado muy bien la cocina) y le preparé la mesa y todo. Muy romántico. Cuando terminamos de comer se sentó a mi lado, se acurrucó y me cogió de la mano. Aprovechando ese momento me acerqué a ella, y con mi sonrisa más seductora le dije: "Te quiero mucho*, ¿No crees que deberíamos acostarnos?". Ella se pegó un poco más a mí, y cogiengo mi otra mano me dijo: "Yo también te quiero. Y también necesito una siesta después de comer. Te puedes echar en el sofá del salón". Esta vez me salió mal. Aunque no hay mal que por bien no venga. Pude descansar un rato. Y nunca más volvimos a vernos.

* Hay ciertas edades en las que no hay sexo sin amor. Aunque todavía, con 24 años, sigo soltando "tequieros" a diestro y siniestro a ver si consigo algo... ;-)

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